El Ejemplo Peruano
La mañana del lunes 13 de Julio marcó un hito para las operaciones bursátiles del Perú. Por primera vez en la historia, el ministro de Economía de ese país Luis Carranza le dio el campanazo de apertura a la bolsa de Nueva York e introdujo formalmente un fondo especial donde se cotizarán 25 acciones diferentes de la Bolsa de Valores de Lima en Wall Street. Estas suenan como excelentes noticias para ese país, pero en realidad solo un reducido grupo de la población es el que se está bañando en agua rosada. Mientras tanto, por lo menos un tercio de los Peruanos no ven casi ni un centavo de las ganancias que generan esos grandes negocios.
El Perú ha demostrado en este último decenio un crecimiento económico envidiable en la región y sin importar lo precario de la economía mundial. En el 2008 logró que su Producto Interno Bruto creciera el 9.8 por ciento, de acuerdo al Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI). Con este impresionante resultado, Lima acumula casi ocho años de crecimiento positivo ininterrumpidos. En contraste, el INEI tambien reporta que el índice de pobreza solo disminuyó en un 3.1 por ciento para alcanzar un 36,2 por ciento en el 2008. Esto significa que la pujante actividad económica que vive el país y sus beneficios le llega a cuenta gotas a los mas pobres, que son aproximadamente 10.5 millones de una población que sobrepasa ya los 29 millones.
Por eso no es de sorprenderse los recientes disturbios en la zona Amazónica de Bagua. Cuando el gobierno del Presidente Peruano Alan García pretendió implementar unos decretos de reforma agraria que agilizaban la expropiación de tierras sin cultivar por mas de dos años y entregarlas a inversionistas privados, se le prendió un polvorín de marca mayor. Primero, el gobierno nunca consultó con los dueños de esas tierras que por herencia cultural siempre han sido las comunidades indígenas. Segundo, los niveles de pobreza en las zonas rurales del Perú sobrepasan el 64 por ciento y con el gobierno amenazando en quitarles sus tierras era de esperarse una respuesta tan violenta. El saldo de campesinos muertos sobrepasa los 30 y agentes de policía llegan a los 22. Por último, el conflicto desencadenó una crisis ministerial que cobró la curul del ahora ex Primer Ministro Yehude Simon, quien fue reemplazado por Javier Velásquez Quesquén y la derogación de los controversiales decretos. Así mismo, García vio desplomarse su ya débil popularidad al obtener solo un 21 por ciento de aprobación de su mandato en las últimas encuestas.
Además, el renacimiento de el grupo guerrillero Sendero Luminoso que ahora opera como un cartel cocainero en una extensa zona selvática al sur de ese país tambien tiene a muchos en vilo. Cabe recordar que después de la captura de su jefe máximo Abimael Guzmán en 1992 por el gobierno del ahora infame ex presidente Alberto Fujimori, el movimiento se vino a pique. Desde la cárcel, Guzmán propuso una desmovilización que no todos sus secuaces aceptaron. La mano dura de Fujimori alentada por las mejoras económicas que vivió el Perú al principio de los años noventa terminó por debilitar al grupo.
Programas de interdicción y fumigación fomentadas por los Estados Unidos a finales del siglo pasado en la región y políticas como la de seguridad democrática del Presidente Colombiano Álvaro Uribe a principios de esta década, hizo que muchos de los negocios con narcóticos de la guerrilla de las FARC, se trastearan mas al sur. Precisamente hacia las selvas del Perú (además de las selvas en Brasil y Ecuador) donde se encontraban los pocos elementos del Sendero Luminoso que nunca se desmovilizaron. Ahora el tráfico de coca le ha inyectado fondos y nueva vida a ese grupo. Es triste ver como la población campesina de esas regiones quedan de nuevo atrapada entre la espada y la pared, y a merced del fuego cruzado entre los forajidos y el ejército. Esta es una realidad tambien muy familiar para millones de campesinos Colombianos.
Algunas conclusiones prácticas para nuestros hermanos Peruanos, para el gobierno Colombiano, y porqué no, para el creciente sonajero de precandidatos presidenciales. No importa que tan bien le vaya al gobierno en sus metas macroeconómicas si ese manojo de cifras no se traducen en oportunidades tangibles de trabajo y bienestar para la gente pobre de campos y ciudades. Si no se comprometen recursos serios para programas de reinserción y desmovilización, es casi fijo que excombatientes y raspachines vuelven al monte a plantar coca y a alquilarse al mejor postor. Por último, y desafortunadamente, un campanazo en Wall Street todavía significa lo mismo para millones que todavía viven en la pobreza en muchos países Latinoamericanos: prácticamente nada.